13 de marzo de 2017

fruta extraña

nacemos en la cuna de la desgracia,
con la muerte a nuestro lado la mayoría de los días de nuestra existencia,
la muerte disfrazada de estructuras, represión, silencios y vacíos.
y ya la desgracia, la muerte, la ilusión de la mentira
son recurrentes en mis textos,
en mis sentimientos;
y es que no hay nada más en esta triste existencia
que las hórridas flores que se erigen 
de manera omnipotente sobre las calles cementadas
de la vida :
flores mustias, con un perfume oscuro y penetrante.
flores que surgen de los cádaveres putrefactos
de quienes fueron azotados por el poder de facto
de la sangre que cae por quienes son golpeados una y otra vez, 
por los uniformados, policías , militares, políticos-
algunos otros que no llevan uniforme visible
pero que dentro de su coraza esconden también los arrebatos de
lo fascista y opresor.
los cadáveres colgados por el ku klux klan ,
los cadáveres de los esclavos indígenas,
los cadáveres de los obreros ,
los cadáveres de las mujeres violadas,
los cadáveres de les enfants quemados,
los cadáveres de los perseguidos,
los cadáveres de los encarcelados,
los cadáveres de los valientes,
los cadáveres de los pobres,
los cadáveres de los flaites,
los cadáveres de los pasteros.

y los ojos, cansados, siguen cansandose,
se abren solo para ver los cadaveres, ya casi,
como una parte del cotidiano del habitante del universo llamado Tierra
y quienes mueren, siempre son los mismos,
quienes mueren de las maneras más aberrantes y crueles,
siempre son las mismas,
y las madres, seguimos, siguen, seguimos, siguen
pariendo tristeza, miseria y muerte
mientras los caudillos del estado del desdén,
siguen jugando con los bellos cuerpos ajenos,
como si fuesen inertes piezas de algún juego cruel.

Al igual que al momento de nacer en la cuna
de la desgracia, lloramos y gritamos: ¡estamos vivos! ¡estamos vivas!
la alarma de que estamos aquí, sin mayor sospecha, de que nos pasaremos
la mayoría de la vida, gritando y llorando, de la misma forma
que cuando vemos la luz artificial y sentimos el frío tacto del latex hospitalario,
solo por el hecho de seguir vivos, y vivas.

El alarido ecuménico, que jamás acaba...
el espanto que no haya fin.
la condena que no tiene caduco.