11 de noviembre de 2010

Y está claro como el agua que el mocoso necesita unos azotes. Se merece todo lo que le pueda pasar. Es el mismo pobre palurdo iluso que realmente se creyó que el futuro iba a ser mejor. Si uno trabajaba duro. Si uno aprendía lo suficiente. Si corría lo bastante deprisa. Que todo saldría bien y uno llegaría a ser algo en la vida.
Llegan ráfagas de viento y caen restos de nieve reseca de los árboles. Los copos de nieve le queman en las orejas y las mejillas. Hay nieve fundiéndose entre los cordones de sus zapatos.
–Ya verás –le dice la mamaíta–. Vale la pena sufrir un poco por esto.
Esta será una historia que él le contará a su propio hijo algún día.
La muchacha de la Antigüedad, le cuenta la mamaíta, nunca volvió a ver a su amante.
Y el niño es lo bastante estúpido como para creer que una pintura o una escultura o una historia pueden reemplazar de alguna forma a alguien a quien quieres.
Y la mamaíta dice:
–Tienes mucha vida por delante.
Es duro de asimilar, pero hablamos del mismo niñato estúpido, perezoso y ridículo que se quedó temblando, guiñando los ojos ante la luz y el rugido, y que creyó que el futuro sería luminoso. Imagínate a alguien tan estúpido como para crecer sin saber que la esperanza no es más que otra fase que uno deja atrás. Pensando que uno puede hacer algo, cualquier cosa, que dure para siempre.